miércoles, 26 de agosto de 2009

MASCARILLAS CONTRA LA INJUSTICIA



MASCARILLAS EN LA IGLESIA ¿CONTRA QUÉ?
Negrita

Nunca he estado tan al acecho de los cuántos y los cómos de mis estornudos y mis toses. De la misma manera, debo reconocer que pocas veces me he lavado tanto las manos como ahora y, lo que es peor, nunca me he resistido tanto a dar y a recibir besos. “¡Hija, qué antipática te estás volviendo”, fue la recriminación que le hizo una amiga a otra que al ser saludada se quedó a medio centímetro de su cara, sin devolverle el beso. “No es eso, mujer, es que más vale prevenir…”, le contestó la reticente. Hubo miradas de innegable recelo entre ambas…
¿Alarma social? El caso es que la gente está más mosqueada que un pavo en nochebuena. Y no es para menos. En todos los informativos, en las páginas de la prensa, a través de las ondas de la radio, en cualquier rincón del ciber espacio… un día sí, otro también y el del medio, se constata que a nadie deja indiferente la famosa gripe A, a la que también podemos referirnos utilizando su nombre científico que, por cierto, tanto me recuerda a aquellas enrevesadas fórmulas, un combinado incomible de letras y números, que constituían un verdadero martirio en la clase de física y química, el virus H1N1 (AVISO: Se recomienda copiar mil veces y repetir dos mil antes de utilizar el nombrecito, hasta estar seguros de decirlo correctamente, no sea que confunda número por letra, cambie el orden de los unos o las otras y esté creando, sin comerlo ni beberlo, un virus “pariente cercano” del primero, añadiendo psicosis a psicosis)
El sobresalto ha aterrizado también en los templos, los lugares donde concurrimos la gente que decimos formar la Comunidad de Jesús… Sin ir más lejos, hace sólo unos días, la gente no salía de su asombro cuando el cura, —al que el día anterior un señor al recibir la comunión le había “chupado el dedo entero” — salió con aquello de que a nadie se le ocurriera “poner la boca” para comerse a Jesús. Quizá olvidó prevenirnos también sobre el peligro de un posible contagio a través del beso-abrazo de la paz. A estas alturas, ignoramos si más pronto que tarde, tendremos que salir a toda pastilla a comprar catorce mascarillas para las catorce hermanas que somos, y alguna que otra de repuesto…
Lo cierto y verdad es que la cosa es, cuando menos, preocupante. De tal manera lo es que, cuando alguien estornuda o tose repetidamente durante la celebración, difícilmente se libra de un montón de miradas inquisitorias y desconfiadas. Son miradas que escaman mucho a quien las recibe porque hacen sentir una culpabilidad comparable a un delito. ¡Cómo si nunca antes hubiera estornudado!
De todas maneras, y aunque comparto preocupación e incertidumbre por lo que está pasando y lo que pueda pasar con el famoso virus H1N1, con sus viajes siderales y sus imprevisibles mutaciones, siempre es posible y está al alcance de tod@s hacer una lectura más llana y hasta simpática de los sucesos. Por de pronto, para mucha gente que no se atrevía a comulgar en la mano, y que deseaba hacerlo, ya se encontró con la oportunidad. Por otra parte, el hecho mismo de acercarnos a la comunión sin necesidad de que el sacerdote te meta la forma en la boca o la coloque con sus manos (creemos que bien lavadas, por supuesto…) en las tuyas, sino que seas tú misma la que puedas cogerla y sumergirla en el cáliz, le da un sentido de novedad a la celebración de por sí tan rutinaria, tan “como siempre”.
Refiriéndome a lo mismo, pero colocada en un ángulo distinto y dejando claro que no es una ocurrencia al hilo de lo que escribo, estoy convencida de que esta situación de incertidumbre y desasosiego generalizados, necesariamente, debe estar siendo bastante rentable para alguien o para algo. En un mundo globalizado, donde el mercado es a un tiempo el dios y el altar donde se sacrifica la vida y el futuro de tantos pobres, donde la rentabilidad está por encima de la vida humana, esto no puede ser casual. Son ya muchos los antecedentes históricos que tenemos para sostener lo que digo. Convertir a los seres humanos en mercancía, en ratas de laboratorio, en marionetas y en tantas otras cosas, ha sido tarea del propio ser humano desde el momento mismo de su aparición en la tierra. A estas alturas de la vida ¿todavía nos queda un lugar para la duda? ¿Nos parece extraño, exagerado o disparatado afirmar estas evidentes evidencias? ¿Es acaso una afirmación arbitraria?.
Traficar, comerciar con la vida humana no es cosa de ahora. La misma Escritura está plagada de denuncias feroces por parte de los profetas (es decir, de Dios) hacia quienes se beneficiaban torticeramente de los pobres y los desvalidos. Oseas, Ezequiel, Daniel, Jeremías están ahí para dar fe de ello.
Desde que el mundo es mundo (y ya hace muchos siglos de esto) el ser humano que somos se ha sentido muy atrapado por la tentación de someter al otro y a la otra, de poner a los demás al servicio de los propios intereses, de utilizarlo para sus fines partidistas, ideológicos, religiosos, sexistas, culturales, raciales…
Si ir más lejos, hoy se habla —gracias a Dios sin ningún tipo de miramiento, sin complejos, temor o miedo a la represión— de cómo el aborto es una fuente de pingües ingresos para ciertos personajes y ciertas organizaciones, de cómo hay gente que se forra de billetes a costa de hacer creer al respetable que matar a un ser humano está totalmente justificado si se realiza con fines terapéuticos o también para concederle a la ciencia la posibilidad de agigantar sus pasos tantas veces hacia ninguna parte ¿Matar a uno para salvar otro cuando ni la vida de una ni de la otra importan nada tanto a los legisladores como a quienes obligan a que cumplamos esas mismas leyes?… Esto sí, esto sí es un virus fatalmente letal al que todavía pocos combaten.
Eso, por no hablar de la cuestión que subyace en ciertos casos de eutanasia, de las complejas redes de prostitución que incluyen no sólo a mujeres, sino también a niñas y niños y en la que están involucrados los mismos que aparentemente dicen que están ahí para acabar con ellas; eso, por no hablar de la corrupción política que, por cierto, casi siempre sale gratis, de la vulneración de los derechos humanos más elementales, de la pobreza y la discriminación que generan las dictaduras y los regímenes totalitarios… ¿Dónde encontrar mascarillas para no dejarse contagiar, para no contribuir a la expansión de esta pandemia que no conoce fronteras, que dura ya siglos y que no tiene visos de “palmarlas”?
¿De qué virus hablamos? ¿Qué es lo que de verdad nos hurta vida, nos roba esperanza y nos instala en el corazón el miedo a vivir y a afrontar situaciones como estas?
Injusticias, codicia, explotación, opresión, exclusión, hambre, desempleo… situaciones que esclavizan a la humanidad mientras muchos de nosotros en una Iglesia que de momento no ha determinado con carácter de precepto usar mascarilla, nos dedicamos a “recitar oraciones, comer con regularidad, rodearnos de gente “agradable” y desempeñar trabajos envidiables…” ¿Habrá suficientes mascarillas para evitar tan graves contagios y frenar una pandemia tan arraigada?


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