domingo, 26 de abril de 2009

LAS MARCAS DEL CRUCIFICADO




Lectura del santo evangelio según san Lucas (24,35-48)





En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros.»Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. El les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.»Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo que comer?»Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: «Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse.»Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto.»







COMENTARIO:







Para mucha gente, Dios tiene mucho que ver con un fantasma, algo irreal, un ente, un Dios que sólo se encuadra en los parámetros de lo teórico. ¿De qué nos sirve un Dios que nos trae de cabeza si no nos atrapa el corazón, la vida? ¡NO SIRVE DE NADA!

Realmete, Jesús está vivo ¡claro que lo está!, con todo, si no resucita en mi, todo será en vano.

La experiencia de la resurrección parte de Jesús. Es Él quien, por iniciativa propia, nos sale al encuentro, nos aborda en los caminos de la vida, en lo cotidiano, en lo más gris del día a día; de ahí que sea imposible e impensable que puedan -que podamos- percibirla l@s instalad@s, los que hemos renunciado a mirar más allá de nuestra napia.

Una Iglesia que predica, que anuncia que Jesús está vivo mientras aún expeimenta mucha resistencia a descubrirlo en las manos y en los pies taladrados de los pobres, de los que viven experiencias de pecado, es una iglesia instalada, despistada, acobardada; una Iglesia asustada, atrincherada en una Palabra que es viva, que da vida, pero que no la hace vivir.

Much@s de nosotr@s paseamos en nuestra vida a un Dios muerto, sin aliento, sin palabra. ¿Hasta cuando?

Jesús está en medio de nosotr@s pero nuestro miedo a soltar seguridades nos mantiene en la oscuridad. La nuestra es una fe de escaparte, de pasarela que poc@s se detienen a mirar.

PREGÓN SEMANA SANTA -09

SEMANA SANTA, Llerena, 2009

«¿No habéis oído hablar de ese hombre loco que, en pleno día, encendía una linterna y echaba a correr por la plaza pública, gritando sin cesar, “busco a Dios, busco a Dios”? Como allí había muchos que no creían en Dios, su grito provocó la risa. “Qué, ¿se ha perdido Dios?”, decía uno. “¿Se ha perdido como un niño pequeño?”, preguntaba otro. “¿O es que está escondido? ¿Tiene miedo de nosotros? ¿Se ha embarcado? ¿Ha emigrado?” Así gritaban y reían con gran confusión. El loco se precipitó en medio de ellos y los traspasó con la mirada: “¿Dónde se ha ido Dios? Yo os lo voy a decir”, les gritó. ¡Nosotros lo hemos matado, vosotros y yo! ¡Todos somos sus asesinos! Pero, ¿cómo hemos podido hacer eso? ¿Cómo hemos podido vaciar el mar? ¿Y quién nos ha dado la esponja para secar el horizonte?(…) ¿No vamos como errantes a través de una nada infinita? ¿No nos persigue el vacío con su aliento? ¿No hace más frío? ¿No veis oscurecer cada vez más? ¿No es necesario encender linternas en pleno mediodía? ¿No oímos todavía el ruido de los sepultureros que entierran a Dios? ¿Nada olfateamos aún de la descomposición divina?¡Dios ha muerto y nosotros somos quienes lo hemos matado!» (La gaya ciencia, Friedrich Nietzsche, 1882)
Desgraciadamente, el filósofo alemán al que acabo de citar, al preconizar la muerte de Dios, trazó, con no poco acierto, los rasgos que definen existencialmente al hombre y a la mujer de nuestros días, siendo el más relevante la ambigüedad, esa imprecisión a la hora de vivir y vivirse, normalmente de espaldas a su propia realidad, a eso que realmente es y que no termina de conocer por vivir en una permanente huida de sí; víctima, además, de un mundo que en realidad no existe, donde todo es virtual, lo más parecido a la ciencia ficción y, sobre todo, alguien indiferente, ¡más que eso!, herméticamente cerrado frente a la idea y el concepto Dios.
Dicho esto, no ignoro que hay una norma que parece de obligado cumplimiento, según la cual, el pregón de Semana Santa, debería empezar de manera protocolaria, enviando saludos de una esquina a otra del auditorio, comenzando, lógicamente, por las primeras filas donde normalmente toman asiento las personas como más representativas: autoridades civiles, eclesiásticas, los miembros de las Hermandades y, en último término, con ser más numeroso, el público en general.
En mi caso, como entiendo que esto es una reunión de familia y, convencida, además, de que todos somos iguales en dignidad; y por el hecho de conocernos entre nosotros, de saber de quién somos hijas e hijos, donde vivimos, en qué trabajamos y cuáles son nuestros ambientes…, en base a eso, insisto, voy a saltarme voluntariamente este protocolo que siempre me ha parecido algo chocante, pretencioso. En primer lugar porque, a quienes no tenemos costumbre de subir a un estrado y hablar públicamente, puede jugarnos una mala pasada –siempre corres el riesgo de dejar a alguien fuera de la foto- y, en segundo lugar, porque creo que es una manera sutil de enmascarar nuestras megalomanías, esos aires de grandeza -¡tan vanos!- que nos dejan con la sensación de no haber “actuado” como corresponde, en una palabra, de haber perdido los papeles.
Me han invitado, es más que evidente, a compartir con vosotros lo que la Semana Santa es y significa en cristiano. Acabo de decir una necedad, porque, evidentemente, una Semana santa sin Jesucristo, no sería santa. Será otra cosa: será una semana de santo descanso, unos días de santas y gloriosas vacaciones, con viajes Marsans o en cruceros Pulmantur, si la crisis lo permite, pero nada más…
Debo confesar que aceptar la invitación que en su día se me hizo y que desde aquí agradezco, la verdad, me ha dejado la sensación de haberme metido en un berenjenal. Soy consciente del arcilloso terreno que piso, porque abordar hoy cuestiones que guardan relación con Dios, con el Evangelio o con la Iglesia, no es la mejor opción para merecer un poco de atención. Estos temas que parecen más propios de púlpito y sacristía, gozan de bastante mala prensa. A quien los aborda, lo coloca en el ojo del huracán, objeto de críticas y de opiniones sin cuento, además de trasladar la idea de estar como fuera de onda.
Los temas de la fe o de la dimensión espiritual y trascedente del ser humano, no forman parte de nuestra cotidianeidad, como el fútbol, o la subida de los precios, o la última fechoría del político de turno; son cuestiones que no animan nuestros diálogos mientras nos tomamos un café o damos el paseo acostumbrado. Son temas cargados de mucha ambivalencia: suscitan al mismo tiempo interés y polémica, en el fondo quizá porque todos somos un pelín morbosos. En los temas de Iglesia y de su manera de proceder, se lleva mucho eso de echar leña al fuego, aunque en el incendio se nos queme alguna propiedad personal...
No se debe olvidar, evidentemente, que las cuestiones religiosas llevan adjuntas otras como más actuales y que a todos nos sensibilizan bastante: la libertad, el respeto, la tolerancia, la defensa de la vida, la justicia, los derechos humanos. etc. Sin embargo, la fe es infinitamente más que todo eso, aunque también es todo eso.
¡Dios!, una asignatura más que espinosa, escabrosa, difícil de digerir, por mucho que en Semana Santa se nos ponga a todos un poco cara de circunstancia. Dios, un tema que no llegamos a dominar demasiado bien, que se nos atraganta, al que no sabemos como hincarle el diente.
Y es que partimos del hecho de que la fe -o la religión si lo prefieren- suele suscitar siempre sentimientos bastante encontrados. ¿Porqué?. Pues por la sencilla razón de que hay quien cree pero también quien no cree; porque para unos la fe en Dios, o esta religión que expresa nuestra fe es, sobre todo, una gran mentira histórica, una tomadura de pelo, en cambio para otros es la Verdad que da sentido a la vida y a todo lo que acontece en y dentro de ella, también a la muerte. Para unos la fe es la proyección de nuestro miedo humano natural, de nuestra eventualidad y contingencia, como diría el filósofo ya citado, y para otros es el feliz descubrimiento de que no somos fruto de la casualidad ni estamos en manos y a merced de un destino fatídico y oscuro, sino en buenas, muy buenas manos. Para unos, como diría el compañero Carlos Marx, la religión sería “el opio del pueblo”; para otros, en cambio, convencimiento, lucidez, sentido, realización y posibilidad infinita de llegar a ser personas.
A veces pensamos que la fe está asociada a la irracionalidad, a la inconsciencia, a la cultura, y en muchos casos, al hábito y la costumbre, al infantilismo. Recuerdo aquí lo que decía Chesterton: “La iglesia pide que nos quitemos el sombrero, no la cabeza” Pero hay gente experta en tergiversar lo que la Iglesia proclama y defiende, aunque a veces, es verdad, no acierte en la manera de hacerlo.
Un ejemplo sencillo y benévolo que nos demuestra cómo la fe en Dios suscita sentimientos y reacciones ambivalentes, lo podemos encontrar en la puesta en marcha de esos autobuses que recorren las calles de las grandes ciudades con el slogan: “Probablemente Dios no existe. Disfruta la vida”. Y una se sorprende de que haya gente tan diestra para sembrar la cizaña de la confusión… Como veis, ni Dios se libra de la propaganda por estos mundos inferiores. Parece que sacarle al escenario y al debate social, al mundillo de la publicidad, es bastante rentable para los ocurrentes de turno que, evidentemente, tienen todo el derecho a expresarse o, mejor aún, a disfrutar de la vida porque “probablemente” Dios no exista. En este sentido yo prefiero quedarme con las palabras de Pascal que decía: “Prefiero equivocarme creyendo en un Dios que no existe, que equivocarme no creyendo en un Dios que existe”.
Decía que para muchas personas Dios es como esa gran VERDAD que da sentido a la vida. Para otros, en cambio, Dios se escribe con minúscula, porque no tiene categoría, ni relevancia, porque, sencillamente, no es nadie, o, para decir verdad, es un Dios sin rostro, ausente, “muerto”, y vuelvo a citar a Nietzsche para quien Dios era eso, “una metáfora, un refugio infantil, alguien a quien el ser humano ha creado y no quien lo ha creado a él”
Lo cierto y verdad es que en nuestra sociedad del desarrollo y el bienestar, Dios, el Único, no tiene “don” y, además, puede ser fácilmente sustituido por un sin fin de sinónimos, tantos como son en número nuestras ambiciones de poder, de privilegio, de dinero, de cultura, de dominio, de conocimientos, de prestigio social…
Por eso es tan complicado hablar de un Dios “don nadie”, un Dios ninguneado, ignorado, amordazado, que no silenciado, manipulado y aparentemente maniatado (muchas veces por quienes decimos creer en Él, quererle y seguirle). Es complicado hablar aquí de Él porque sé que muchos de los que estáis aquí, con ser buena gente -que en definitiva es lo que Dios quiere- carecen de fe , y la que se dice que s etiene, está pidiendo a gritos la última versión, una actualización, que, evidentemente, no descarga con el E-mule.
Ser en nuestro hoy testigo del Dios de Jesús y de su Misterio pascual de muerte y de resurrección es casi una hazaña. Pero una se consuela pensando que algo parecido le paso a Pablo de Tarso (san Pablo) en una ocasión en la que intentó anunciar a Jesús como Señor resucitado y le faltó nada para salir a pedradas del Areópago de Atenas, en medio de tanto intelectual. Espero que no hayáis traído piedras, ni tomates y menos si son, como comentan las Hermanas que les dice Juan Antonio Lara en clase, de lata.
Es cierto, y tenemos que decírnoslo con sinceridad, muchos, la primera yo, tendríamos que pasarle a esa fe que decimos tener en Dios, el Panda antivirus para liberarla de una más que evidente idolatría, es decir, de esas imágenes falsas que no son Dios, que se refieren a un Dios inexistente, un Dios al que asociamos con recuerdos insanos y oscuros que en épocas pasadas nos hicieron más mal que bien. Pero, claro, entonces era así. Por eso siempre resultará absurdo y hará gala de ser un o una ignorante quien pretenda retrotraer acontecimientos pasados para juzgarlos con criterios del presente. Hoy, Galileo, hubiera sido premio Nobel de la ciencia. En su época, afirmar que era la tierra la que giraba alrededor del sol le costó más de un disgusto con la Iglesia.
Cada día que pasa me convenzo más y más de que, tanto las ideologías a las que nos asociamos a veces sin tener ni la más remota noción de los planteamientos en los que se fundamentan o los principios que defienden, como el trabajo que les prodigan sus terminales mediáticas: televisión, prensa, radio, etc, un día sí y otro también, nos van como introyectando, a través de mensajes subliminales, una manera de ser, de pensar y de actuar que nos aleja de la realidad, invitándonos como a delegar nuestra responsabilidad de hacernos personas en manos de otros. En lo concerniente ya es el colmo.
Dios para los ideólogos que tratan de falsear la verdad, es un auténtico estorbo, una sombra, una china en el zapato. A ellos les interesa agigantar la sombra que hacen creen a los demás que Dios es.
Ese Jesús, que en Semana santa se nos muestra humilde, pacífico, torturado y asesinado, sigue vivo e irradia vida en los nuevos crucificados de esta sociedad opulenta y autosuficiente, injusta hasta la médula. Ignorar que Jesús sigue siendo vergonzosamente ignorado, oprimido, engañado, torturado y aniquilado en la vida de miles y millones de inocentes, a muchos de los cuales se les priva incluso del derecho a nacer, equivale a poseer una fe incolora, inodora e insípida.
Desde estas claves de solidaridad y justicia con los nuevos crucificados de la historia, quiero yo entender el misterio de Semana Santa. Porque a mí no me vale una Semana santa hecha de imágenes más o menos emotivas o sugerentes si sólo se queda en eso. De nada me sirve una Semana santa que sólo me suscita una barahúnda de sentimientos y emociones que duran lo que tarda la procesión en pasar delante de mis ojos.
Por eso mi invitación para esta Semana santa, es a que ni vosotros ni yo seamos espectadores pasivos del drama humano de Jesús; mi invitación, la que me hago a mí misma y modestamente os hago a vosotros, es a no aceptar ser turistas de tercera, peregrinando de esquina en esquina, esperando el paso de una imagen que puede emocionarnos hasta las lágrimas, pero nada más.
Inisisto, Semana santa, así lo entiendo yo y así lo quiero entender, no es una sucesión de dramáticos acontecimientos acaecidos en un pasado remoto. Si recordar la última etapa de la vida de Jesús de Nazaret nos deja ilesos y anclados en un lejanísimo pasado que nada tiene que ver con mi hoy, con mi ahora, con mi vida diaria, tejida también de luces y sombras, de fracasos y derrotas, estos días no serán más que el triste y patético recuerdo de un pobre Hombre que dicen que fue bueno, que pasó haciendo el bien y al que pagaron con la peor moneda: el desprecio y la muerte; un Hombre al que otros hombres pusieron un precio: treinta monedas, unos cuantos céntimos en la colecta de la misa o una obra de caridad que nos reafirme en la idea de creernos mejores que los demás. Treinta monedas es el precio en el que hemos tasado a Dios. Es verdad que otras personas han valido y valen mucho menos.
Yo hablo de un Hombre, el Mesías Jesús, que dicen que fue, pero que ya no es; que dicen que vivió, pero al que mataron y murió. Si realmente esto fuera así, si estuviéramos hablando de un muerto, de un fantasma, de una sombra, esta reunión y todas las que se hacen en su nombre carecerían de sentido; esta reunión sería, y pido perdón anticipadamente, una reunión de necios o de curiosos. Yo misma sería la primera necia. Como tampoco tendrían sentido todas las vidas que se entregan por los empobrecidos, por los excluidos, esos miles y millones de personas, igual que nosotros, que tienen que hacer cola, pedir número y pagar para hacerse un hueco en la historia, esos a los que el tren del progreso y los progresistas, que -¡cómo no!- viajan en primera clase, han dejado tirados en los márgenes de la historia, olvidados en los suburbios de las grandes ciudades, tirados en los bancos de los parques y las estaciones de metro, esos que no merecen un minuto en los telediarios o un párrafo en la prensa, sencillamente porque no son rentables, porque estéticamente pues… como que no, como que manchan lo que tocan.
Ellos son las nuevas víctimas del sistema, personas cuya dramática situación genera documentos e incluso tratados de carácter universal -¡como lo oyen!- Tratados en los que se establecen sus derechos humanos, porque parece ser que tienen derechos… Hablo de personas cuya precaria situación aprovechan los mitineros de turno para rentabilizar sus campañas. Entonces sí sirven, entonces sí importan. Pero, en cuanto en el sillón del poder aparece el cartel de “ocupado”, nadie se acuerda de ellos ni de su situación. Sí, son los parias, esos a los que los ideólogos y palabreros de turno utilizan como cebo para llenar las urnas de votos con su “dignísimo” nombre y poder así ejercer el dominio.
Digo esto porque Semana santa es la memoria y el recuerdo vivo y actual de un Hombre que también fue víctima del sistema, de la mentira, del engaño y la confabulación de los poderosos. Es curioso que nunca se llevaron bien Pilatos y Herodes, pero la mentira y la traición contra Jesús, los amigó hasta conseguir sus macabros objetivos. Como veis, para entonces ya había eso que en política se define como coaliciones de partidos; y es que ¡siempre es mejor una poltrona compartida que quedarse a dos velas!
Celebramos en Semana santa la muerte de un hombre justo por el que Dios sacó la cara.
Seguramente que en alguna ocasión nos hemos preguntado: “Pero ¿por qué tuvo que morir? ¿Por qué lo mataron? Si era Dios, como dicen, ¿por qué no se auto-libró de la muerte?” O una pregunta como más de tipo más de carácter existencial: “¿Y yo qué he hecho para que muera por mí?”. Quizá sea eso, que no hayas hecho nada. Quizá sea eso: que algo fundamental en tu vida esté aún por hacer. Aunque hayas conseguido grandes cosas, un status más o menos aceptable, envidiable en algunos casos, inimaginable: “¿Quién me iba a decir a mí que iba a estar donde estoy, que iba a ser lo que soy, que llegaría donde he llegado…” quizá lo más importante esté aún por conquistar. Porque hay algo más y algo mejor, algo más de carácter definitivo, eterno, perdurable. Pero eso no se compra con dinero, ni se obtiene por tu impecable gestión, ni tus extraordinarias dotes y mucho menos por tu linda cara. Eso está al alcance de gente que tiene el coraje de ser ellos y ellas mismas, de plantearse la vida desde otras claves menos utilitaristas, más solidarias y fraternales.
Jesús murió, mejor dicho ¡tuvo que morir!, para darnos una imagen verdadera de Dios y también de nosotros mismos, como personas, como hijos e hijas del Padre Dios. Jesús murió, mejor dicho, ¡tuvo que morir!, para que confiados en él nos empeñemos en unas relaciones solidarias, justas, humanas.
Por eso, vuelvo a insistir en lo mismo: la Semana santa no puede tener para nosotros sólo un carácter sentimental. ¿De qué nos sirve el sentimiento sino nos lleva al compromiso por levantar a los caídos que nos vamos encontrado en los caminos de la historia? Caídos que no sólo malviven en el tercer y el cuarto mundo, sino que habitan en la casa de enfrente a nuestra casa, o en la calle de al lado, son los que deambulan por la plaza y que “conocemos de sobra”.
Permitidme hacer un paréntesis: Recuerdan que hace poco moría el Lolo, que todos conocíamos como “el Cachichi”, ¿verdad?. Un muchacho sin familia, sólo, necesitado ¿a quién le preocupó realmente su situación, su soledad? ¿Quién se hizo prójimo y solidario con él? ¿el que lo invitaba a un cubata? ¿el que se lo quitaba de encima con par de euros y nada más? ¿el que se fumaba un cigarro un porro con él pero no le ofrecía cercanía ni la mano tendida, ni una palabra de aliento ni un gesto solidario?. Hay muchos caídos en nuestro pueblo: hay personas mayores que carecen de lo más básico, viviendas en mal estado, ancianos y enfermos solos y desasistidos, familias sin recursos para comer. Una familia sin agua corriente; pobres que lo son por obra y gracia de los que más van teniendo. ¿Cómo es posible que unos tengan más de lo que necesitan, sin moverse del sillón, mientras otros, trabajando toda la vida, no gocen de una situación solvente, holgada, digna? Y eso, por no mencionar a quienes ni siquiera cuentan con un puesto de trabajo.
Ante esta y otras situaciones, es bueno que en Semana Santa aparquemos los sentimientos, siempre tan volátiles, y que nuestras lágrimas, si es que nos salen, no sean tanto por esa imagen de un Cristo ensangrentado, colocado sobre unas andas, sino por esos otros cristos de carne y hueso, arrinconados en su pobreza, en su desamparo. Guardemos las lágrimas y aquel lamento inocente de cuando éramos chicos: “Si yo hubiera estado allí hubiera hecho algo por Él”… Hazlo ahora. Decídete a hacer algo por tanta gente en los que Jesús te está esperando. Será lo mismo que hacerlo por Él. “Lo que hagas con uno de los pequeños, me lo haces a mí. Y viceversa: Lo que dejes de hacer con uno de los humildes, lo dejas de hacer conmigo”
Semana santa es un tiempo intenso que le pesa a quien decide vivirlo en su contexto, desde la fe. Son días en los que pesa el ayuno y el silencio del viernes y el sábado santo, pesa la oración que nos ubica en el contexto del dolor de Dios, de la solidaridad con Jesús. Semana santa es un tiempo de recogimiento interior, algo que nos aterra. Porque, realmente, todos somos un poco como “okupas” de nuestro propio cuerpo, vivimos como extranjeros debajo de nuestra piel, incapaces de relación y diálogo con nosotros mismos. Un filósofo chino, cuyo nombre omito para no enredarme, contaba una anécdota que describe muy bien nuestra situación:"Un hombre tenía miedo de la sombra de su cuerpo y le causaba pánico la huella de sus pasos. Para escapar de ello, empezó a correr. Pero, mientras más corría, más huellas dejaba tras de sí y menos su sombra lo abandonaba. Imaginando que tal vez iba demasiado lento, siguió corriendo cada vez más rápido sin permitirse descansar. A causa de tanto esfuerzo, murió por agotamiento. No sabía que para suprimir su sombra, era suficiente colocarse donde no diera el sol, y para evitar las huellas de sus pasos, le habría bastado con quedarse tranquilo..
Nos pasamos la vida huyendo de nosotros mismos. Y así nos coge la muerte: jugando con nuestra vida como lo hacen el ratón y el gato. Al final vivimos el drama de “despedirnos de la vida con un adiós, sin haberla siquiera saludado con un hola” (Tolstoy)
Incapaces de escucharnos y de escuchar el mensaje que los acontecimientos esconden, hemos llenado la Semana santa de ruidos de tambores, trompetas, bullicio en las calles, algarabía de gente. Sin silencio interior, estos días quedan reducidos al ocio, al folclore, a hacer de la calle como esa pasarela en la que deslumbrar a la gente con nuestra ropa de marca, mientras el corazón está cubierto de harapos..
Hay en Semana santa una invitación al silencio que nos abre al Misterio de un Dios de brazos abiertos, como quien está siempre en disposición de abrazo y acogida. Un Dios que en Jesús se ha dejado coser a la cruz y traspasar el costado como símbolo una puerta siempre abierta, por la que todos, de una manera o de otra, tenemos libre acceso al corazón del Padre.
En el umbral de la Semana Santa aún estamos a tiempo de asomarnos a ese el costado abierto de Jesús con otra mirada, desde otras claves. Porque vendrán días en los que la Semana santa no será una fiesta de calles, sino una experiencia interior y personal. Entonces nos daremos cuenta de que duran muy poco los honores, que se esfuman con excesiva rapidez las situaciones de privilegio. Tarde más, tarde menos, llegará el tiempo en que el crucificado o la crucificada sea yo misma. Cuando de tantas maneras el dolor nos alcance ¿Qué hacer? ¿Hacia dónde huir? ¿A qué o a quien agarrarme?
Nos queda aún tiempo para darle la vuelta al marcador, que diríamos en el argot futbolístico. Darle una oportunidad a Dios de dejar que se nos acerque. ¡Suena a chiste esto de darle una oportunidad a Dios!. para que Él nos ayude a vivir una Semana santa diferente, más en consonancia con lo que realmente es. Qué bueno que, no más tarde de esta noche, antes de dormir, podamos hacernos eco de algunas de las cosas de las que ha dicho aquí “la Juana”: ¿Qué significa para mí la Semana Santa? ¿A qué me invita este tiempo? ¿Qué contenido tienen estos días de los que se dicen que son santos? ¿Qué me está queriendo decir Dios en este tiempo? ¿Qué imagen de Dios se me hace como más cercana? ¿Cuál es mi pasión, mi dolor? ¿Cómo lo vivo, qué sentido le doy?
Que no sea como siempre. Domingo de ramos, jueves, viernes y sábado santo. ¿Y ya está? ¿Queda finiquitada la Semana santa con la gira en los Molinos o en la Morolla? ¿Hay que decir “hasta el año que viene”, porque se acabaron las procesiones.
Lo que viene después del domingo, después de la gira, con sus preocupaciones: la monotonía del trabajo, la aspereza de la convivencia, eso ya no nos parece tan santo.
En esta situación siempre será bueno recordar que Jesús nos ha dejado el camino de la vida sembrado de palabras y de gestos empapados de misericordia y de humanidad. Recordar que toda su vida fue eso, un des-vivirse, es decir, un vivir para los demás.
El gesto del Jueves santo, cuando Jesús se pone a la mesa con sus discípulos para celebrar la Pascua, de pronto, nos cuenta el evangelista Juan, que se quita la capa, y, haciendo el oficio que acostumbraban a hacer o bien las mujeres o bien los esclavos, se ciñe una toalla alrededor de la cintura, coge una palangana y se pone a lavarles los pies a los discípulos, uno por uno. ¡Dios arrodillado acogiendo mi suciedad!. Con este gesto Jesús trata de expresar que no puede haber ningún tipo de verticalidad entre los que le siguen. ¡Qué buen Maestro para los mandamases de turno! Me pregunto si los señores ministros sabrán que este término viene del latín minister, menor, servidor… Aún más, el mismo evangelista nos informa de que, después de lavarles los pies, Jesús volvió a ponerse la capa y se sentó. Curiosamente no dice que se despojara de la toalla que se había ceñido. Eso quiere decir que todo el proceso de mentira, de engaño y de muerte a que fue sometido, Jesús lo vivió como un gesto de servicio, de cariño, sin violencia y en solidaridad con los despreciados de la tierra.
En la mesa, Jesús comparte, además del cordero pascual, el pan y vino, expresión de su entrega, de su vida. Pero en esa misma mesa, sentado como uno más, hay un pringao, un traidor, que también come, bebe, y recibe vida. Jesús sabe que no es buena gente ese tal Judas, pero, con todo, no lo excluye del resto, no le niega su afecto. Su pan es para todos, su cariño, incondicional. ¿Por qué nos extraña tanto que en la mesa donde Jesús se sigue partiendo y repartiendo, siga habiendo gente que busca sus intereses?. No pensemos en nadie... En muchos momentos, yo misma, tú mismo, podemos perpetuar a Judas, al hombre frustrado que no ha creído en el amor de Dios ni en la verdad; al hombre que se muere de sed teniendo tan cerca la fuente; al que pasa hambre teniendo tan a mano el pan.
Judas es el hombre del beso -¡y qué beso!-. Nadie nunca le ha puesto a su hijo de nombre Judas ¡Por algo será!. Este hombre ha quedado como el símbolo de la traición, de la cobardía, del amor al dinero a costa de lo que sea, de quien sea! ¡Un ejemplo claro de cómo terminan los que se dedican a la malversación de fondos públicos y engordan sus cuentas personales, privando de pan y de posibilidades a los empobrecidos. Sinceramente: ¿Nos separan a nosotros muchas actitudes de las que vemos en Judas?
Es Viernes santo y un hombre ha entrado en una tienda a comprar un crucifijo. El dependiente le pregunta: "¿Lo quiere con el "pequeño tipo" o sin él? Sobran los comentarios.
Yo me pregunto y pregunto ¿Tiene tipo tu cruz, o no tienes cruz, o está vacía?. ¿Eres un tipo de los que crucifican o de los que desclavas. Hay cruces que son de metales preciosos, de adorno, de lujo, de condecoración. ¡Qué horror! “Perdónanos, porque no sabemos lo que hacemos!.
Las cruces verdaderas son vidas arrasadas, ignoradas, sometidas, explotadas, genéticamente manipuladas… estas sí tienen tipos, seres humanos de carne y hueso. Pero estas cruces no se venden, son, como la de Jesús, signo de maldición.
Es viernes santo, día de muerte en cruz, pero también puede ser de muerte en silla eléctrica, o en la horca, o en el pelotón de fusilamiento o en la sala de espera de alguna clínica abortiva. Es día de tinieblas y de tragedia. Los pasos salen por las calles, porque la Semana santa se ha convertido en espectáculo "declarado de interés turístico" para mirones y visitantes.
Viernes santo: un hombre Justo, desde una cruz injusta grita el silencio de Dios: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” ¡Hasta en eso se parece a nosotros cuando sufrimos y no vemos a Dios por ninguna parte!. Asesinado como un maldito, en la periferia, en los márgenes, porque ni siquiera mereció morir dentro de la ciudad. Solidario con los sufrientes y los malditos de la tierra, Jesús está dando su vida para establecer una manera nueva de ser persona, seamos o no creyentes.
El silencio del Viernes se prolonga hasta el sábado. ¡Qué duro es este silencio!. El misterio impenetrable y frío de la muerte vuelve mudas todas las palabras.
A todos se nos ha muerto alguien. En ese momento sólo nos queda el silencio y a algunos, la fe. “Siento mucho tu disgusto”, un convencionalismo más, entre tantos. ¿Quién le dijo a María, madre como cualquiera de las que lo son, “Siento mucho lo de tu Hijo?. María permaneció al pie de la cruz, más sola que la una, según nos narra san Juan. ¿Quién acompaña hoy la muerte de tantos miserables, de los despreciados? ¿Quién acompaña hoy los procesos desgarradores de tantas jóvenes a las que se les oferta el aborto como liberación, como salida?
Nos han programado para esquivar cualquier encuentro con el dolor, con el desgaste físico. Es curioso: En los hospitales, donde se concentra tanto dolor humano y tanta impotencia, las capillas han sido construidas en un rincón perdido, un rinconcillo al que había que darle alguna utilidad, para aprovechar el espacio. Las flechas orientadoras nos conducen hasta el área de quirófanos, medicina interna, cuidados intensivos, pero casi nunca hacia la capilla.
De los tanatorios ¿qué decir? Se han convertido en cómodas y reconfortantes salas de espera, con unos sillones estupendos. Lo que allí sucede, se parece mucho a una recepción de amenas conversaciones. Se diría que da gusto asistir, pero no en calidad de muerto, claro. En algún lugar incluso, cuando mensos lo esperas, ves aparecer a una mujer joven y guapa repartiendo bombones, seguramente para hacer el trago como más “dulce”. Lo de los bombones y la chica entra en el precio, evidentemente. El muerto se queda en otra sala, apartada, sólo. ¿Pa qué quiere cerca a nadie si ya no le sirve de nada? Y ver un muerto es un poco desagradable, la verdad.
Los geriátricos, las residencias de mayores, para que nos entendamos, se construyen en la periferia de las ciudades, lejos del centro, de la actividad. La vejez, el desgaste físico, mientras más lejos mejor. Y así todo…
Un día sí y otro también, desde la mañana a la noche, la publicidad, el marketing nos programa para que evitemos pensar en todo lo que suena a final. Para hacernos, dicen, la vida “más fácil”.
En este contexto, desgraciadamente, los creyentes somos el pueblo del Viernes Santo, de los cristos sangrantes, de las procesiones y de los funerales abarrotados. La muerte nos convoca y nos reúne, pero se queda fuera, no va con nosotros. Es el otro o la otra quien se muere, no yo…
La Pascua, en cambio, es un día sin mortaja, sin sepulcro. Pero no acabamos de saber del todo bien cómo vivirlo. Cuando no hay carnaval, ni caretas donde esconder nuestras apatías, nuestros desalientos y cansancios, echamos mano del drama, la tragicomedia, el lamento. Tan acostumbrados a la seriedad de los funerales, de las celebraciones sin alma, de misas de cuatro viejecitas y el cura que casi siempre dice lo mismo, no sabemos qué hacer con la fuerza nueva que brota de la tumba vacía del Señor; tan acostumbrados estamos a vivir como víctimas que nunca nos sentimos vencedores
Pascua es el día de colocarnos de espaldas a todos los cementerios del mundo y ponernos de frente al Huerto donde brota la vida. Allí mismo donde unas mujeres, el domingo de madrugada mandaron a hacer gárgaras los perfumes que llevaban para embalsamar a su Maestro muerto, porque Él mismo las sorprendió lleno de de vida en el camino.
Pascua es día de ejercer el servicio de la esperanza en este mundo nuestro tan crispado y fratricida, porque la muerte ha sido derrotada, ha sido vencida, más aún, la muerte ha sido ridiculizada…
Termino con un proverbio africano que dice que “la mejor forma de llorar un muerto es trabajar su campo”.
A nosotros sólo nos queda seguir arando para llenar de surcos esta tierra que nos parece estéril pero en la que puede brotar la semilla de la justicia y la dignidad para todos. Porque la muerte es tan sólo una coma, nunca un punto y final. Tal vez un punto.com, un link, es decir, un enlace maravilloso, sorprendente.
Feliz Pascua. Feliz resurrección.