viernes, 5 de junio de 2009

JORNADA PRO-ORANTIBUS


En el programa religioso que la Parroquia emite quincenalmente en Radio Campiña Sur, (COPE), nos pidieron nuestra aportación, junto con la de otr@s cristin@s: Ana Mari Cañamares, Pepe Moreno y Carlos Ponce, sobre la vida contemplativa, teniendo en cuenta la Jornada Pro-orantibus que la Iglesia celebra cada año coincidiendo con la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Este domingo, siete de junio celebramos dicha Solemnidad y, dentro de ella, el día de la vida contemplativa.


Transcribo mi aportación y, cuando las tenga por escrito, insertaré las de Ana Mari, Carlos y Pepe que ellos hicieron en respuesta a una pregunta en tres direcciones:


1. ¿Qué le dice y/o qué significa para la vida y la misión de la Iglesia la vida contemplativa?
2. ¿Qué le dice y/o qué significado tiene hoy para la sociedad la vida contemplativa?

3. ¿Qué dice de sí misma la vida contemplativa a la Iglesia y a la sociedad?


Esto fue lo que yo intenté expresar desde mi experiencia personal, desde mi ser y sentirme vocacionada a una vida como esta:


Hace relativamente poco tiempo, estuve en el Puerto de Santa María acompañando a un grupo de hermanas mayores para las que habíamos organizado un encuentro.
Por las noches, antes de acostarme, me gustaba estarme un rato asomada a la ventana. El tiempo se detenía sin dejar de pasar. El mar estaba casi a mis pies. A veces tenía la impresión de que podía tocarlo con sólo alargar la mano.
A pocos metros, o al menos eso me parecía a mí, podía contemplar, en la oscuridad de la noche, pequeños puntos de luz estáticos, por encima de las aguas del mar. Eran, suponía yo, y suponía bien, pequeñas embarcaciones que practicaban la pesca de baja altura, esa que se hace a pocos metros de la costa. Aquellos hombres, los pescadores, a los que casi nadie veía en su quehacer a esas horas de la noche, estaban ahí, esperando con la llegada del amanecer, el fruto de una noche de brega y desvelo.
Algunas noches eran más los puntos de luz sobre el mar, otras eran menos, pero siempre había un número suficiente cuya referencia única era su pequeña luz.
A pocos metros, aunque en realidad eran kilómetros, afirmado en el margen más último de la tierra, se levantaba la figura gruesa, compacta y firme de un gran faro con su luz potente, intensa, expandida, intermitente…
Un poco como absorbida por lo que la noche y la oscuridad me regalaban, algo que a simple vista era tan normal, tan natural, me preguntaba el para qué de aquella luz del faro, superior en potencia y muy elevada, si cada barquito estaba dotado de la suya propia.
El mar, es verdad, es una realidad llena de misterios, de leyendas y, también, cómo no, de poesía. Todavía hoy guarda muchos secretos que nunca llegarán a descubrirse del todo, pero el ser humano, para poder orientarse en él, para no perderse en la inmensidad de sus aguas, ha tenido que poner una señal: el faro.
En la vida también hay muchas maneras de estar y de ser. No todos estamos para lo mismo ni en lo mismo.
Cuando ya casi nadie mira al cielo para orientarse con la luz de las estrellas, (y nuestra cultura genera muchas estrellas, muchos galácticos para embobarnos), el faro, al menos, es una referencia posible que sólo está para cumplir con la función de ofrecer gratuitamente seguridad y orientación. Por eso su rítmica luminosidad, siempre de menos a más intensidad, tiene que llegar lo más lejos posible.
Insisto, la gente va teniendo una mirada como más ensimismada, más dirigida hacia el propio ombligo y no tanto hacia lo alto, hacia el cielo, y hablo de cielo simbólicamente, como signo de una realidad que nos trasciende y que nosotros, torpemente, solemos identificar con el “lugar” (entre comillas) en el que habita Dios y en el que un día llegaremos a descansar eternamente nosotros junto a Él). Insisto, mucha gente no tiene ojos más que para ver de tejas abajo, en primer lugar porque el cielo es una fantasía, un lugar deshabitado, frío y lejano... Y, en segundo lugar, porque la tierra se nos ofrece y presenta como un paraíso lleno de oportunidades para todos. Sin embargo, en medio de este aparente paraíso, hay realidades que nos sobrepasan, que nos desbordan y que cuestionan nuestros modos de estar en este mundo.
Entre tanta gente que cree habitar un paraíso, cuando en realidad peregrina y trashuma por un desierto inhóspito o navega por un mar cerrado y embravecido, y no precisamente en crucero, siempre es posible adivinar una luz, pequeña como la de los barquitos en el mar, o grande, como la del faro en el margen de la tierra. Nadie se pregunta quién puso ahí la luz. Pero lo cierto es que, quien la puso, lo hizo pensando en la seguridad de los marineros. Por eso, para ellos lo decisivo es saber que la luz está ahí y que está gratuitamente repartiendo su luz de extremo a extremo. A través del faro la luz alcanza y abraza por igual a quienes faenan en las aguas, tanto si están lejos como si están cerca, e incluso a los que, a causa de una tormenta inesperada llegan a perder el rumbo. La luz es sólo eso, una seguridad en la noche. No hay más explicación que esa.
Pues bien, a mí se me ocurría apelar a la imagen del faro para compartir eso que, en mi opinión, puede significar la vida contemplativa en la Iglesia y en el mundo actual. Aunque el ejemplo del faro pueda resultar como muy convencional, muy recurrente, es precisamente esa imagen sencilla, cercana y accesible a todos, la que se me ocurre que puede llegar a expresar esta forma de ser y de estar en el mundo. Con la diferencia de que aquí sí, aquí es el Señor es el que, a través de la vida de unos hombres y mujeres como los demás, ha querido iluminar una realidad que a la mayoría se nos escapa. Esa realidad afirma que el ser humano, cualquier ser humano, es un ser infinito, abierto a lo trascedente, capaz de diálogo y de intimidad con Dios, porque primero Dios nos ha dicho su propia Palabra, se ha hecho él mismo Palabra, diálogo, conversación, cercanía, intimidad… Esta convicción es como la luz del faro, un motivo para la esperanza, para vivir la seguridad de que, en la gran noche de la historia, se pueden descubrir otras realidades que apuntan directamente a Dios, como sentido último y definitivo de la vida; realidades, por otra parte, y con esto termino, que la oscuridad del mundo, incomprensiblemente, intenta ocultar, solapar, esconder tramposamente, pero que están y estarán ahí como signo y testimonio del MISTERIO de un Dios que es trascendencia pero también inmanencia, es decir, presencia envolvente.

CARLOS DIJO COSAS TAN SENTIDAS COMO ESTAS:


En este mundo globalizado y globalizador, donde apenas si nos quedamos en la piel de las cosas, sin profundizar en nada, en este mundo basado en el puro mercantilismo, donde todo se tasa, se mide y se evalúa desde el punto de vista de rentabilidad económica, en este mundo en que lo que impera es la superficialidad casi absoluta, encontrarnos con mujeres y hombres, de la misma pasta que nosotros, con las mismas miserias y virtudes y tengan otra escala de valores que hace que lo importante no es mirar hacía fuera con una mirada vacía, sino mirar hacia fuera desde el interior de uno mismo, encontrarse en el silencio y sobre todo, encontrar al otro, al prójimo, al que ni tan siquiera se sienta cercano, dentro de los muros interiores, no de un edificio, sino del propio corazón, de la propia apuesta de vida, tiene no solo que sorprendernos, sino que servirnos de reflexión, de aldabonazo, de punto de inflexión y sobre todo, desde el punto de vista de creyente, con la envidia latente de que tras las carencias, tras el encierro, tras de esos muros, está la abundancia, la libertad y sobre todo la presencia de Dios.


Agradezco a Carlos, en nombre de las hermanas y el mío porpio, estas palabras que, estoy persuadida, han brotado de su vivencia, de una reflexión serena y honda, de su mirada interior a esta realidad que trasciende el quehacer de los ojos, una realidad que para él no es ajena, sino, al contrario, muy familiar, como familiar es también su trato y su amistad.
ANA MARI CAÑAMARES HABLÓ CON EL CORAZÓN, AUNQUE TAMBIÉN CON LA RAZÓN. ES UNA MUJER DE ORACIÓN, UNA BUSCADORA TENAZ QUE NO SE ENTIENDE SIN SU DIOS. ESTO FUE LO QUE ANA AMRI NOS COMPARTIÓ:
Las contemplativas son para la iglesia como un germen de vida que crece al servicio del reino de Dios.

Ellas piden por las necesidades de la iglesia y del mundo, y tienen especial cercanía por los pobres.

Sus vidas giran alrededor del único se capaz de hacer felices a los hombres y a las mujeres: Dios nuestro Padre.

Si nos preguntamos si es necesario ahora, diría que en un mundo consumista en el que predomina lo superficial es necesaria la dimensión contemplativa de la vida. No es solo huir del mundo y de los conflictos del mismo, sino un encuentro con Dios en el corazón del mundo.

A título personal, puedo decir que las contemplativas han descubierto el tesoro escondido y se han desprendido de la "chatarra" que son las cosas y los quereres de este mundo, entendido no desde el desprecio, sino como opción por lo esencial.

Hay una realidad escondida y es que creemos que Dios existe y que hay otra vida. Y ellas así lo viven. Este sentido hay que verlo desde la fe, desde el corazón.

Las contemplativas son hombres son almas anemoradas de Dios. Fue Él quien las llamo y las invitó a seguirle. Se trata de vocación, son libres y felices inmensamente felices.

Yo a las que conozco las veo llenas de alegría y optimismo.